Pocas piezas conectan tanto con el pasado remoto de la Tierra como un amonite fosilizado. Su espiral perfecta, su textura mineral y el hecho de sostener en la mano un animal que nadó hace más de 100 millones de años lo convierten en uno de los fósiles más buscados por coleccionistas. Pero para entender por qué son tan especiales, primero hay que entender qué es en realidad un fósil.
En una frase: un amonite fosilizado es el resto mineralizado de un molusco marino extinguido, transformado con el paso de millones de años en roca, pero conservando la forma exacta del animal original.
¿Qué es un fósil?
Un fósil es el resto o la huella de un ser vivo que ha quedado conservado en las rocas tras un proceso que puede durar miles o millones de años. No se trata del organismo original tal cual: en la mayoría de los casos, sus materiales originales se han disuelto o reemplazado poco a poco por minerales, en un proceso conocido como mineralización o permineralización.
Para que esto ocurra, el organismo debe quedar enterrado rápidamente bajo sedimento (arena, barro, cenizas), lejos del oxígeno y de los organismos que lo descompondrían. Con el tiempo, el agua rica en minerales se filtra a través de esos restos y va sustituyendo, átomo a átomo, la materia original por minerales como la calcita, la sílice o la pirita.
Una copia mineral. En muchos fósiles ya no queda ni un resto del material orgánico original: lo que sostenemos en la mano es una réplica en roca, formada mineral a mineral en el mismo lugar donde el animal murió y quedó sepultado.