¿De dónde vienen esos reflejos?
El proceso se llama deposición de vapor. Cristales de cuarzo, casi siempre transparentes aunque también se emplea sobre cuarzo rosa, ya formados por la naturaleza durante miles o millones de años, se colocan en una cámara de vacío y se calientan a alta temperatura. Dentro de esa cámara se introduce oro vaporizado (a veces combinado con titanio, platino u otros metales), que se adhiere a la superficie del cristal en una capa de apenas unos átomos de espesor.
El resultado es esa iridiscencia tan característica, que según el metal empleado y el grosor de la capa puede mostrarse en azul turquesa, en tonos dorados o en amarillo, y variar de intensidad de una pieza a otra. El interior del cristal, su estructura cristalina de cuarzo, no cambia en absoluto: la transformación ocurre únicamente en la piel del mineral.
En pocas palabras: naturaleza y técnica se dan la mano. El cuarzo es genuino y antiguo; el color es una intervención humana reciente, pensada para crear algo que la naturaleza, por sí sola, no produce en el cuarzo.