Una piedra que en realidad es una roca
A diferencia de gemas como el diamante o la esmeralda, el lapislázuli no es un mineral único, sino una roca: una mezcla de varios minerales distintos. El principal es la lazurita, un mineral azul intenso que aporta casi todo el color; junto a ella suelen aparecer calcita blanca, que forma vetas claras, y pirita dorada, que salpica la piedra de diminutos puntos brillantes, como si fuera un cielo estrellado en miniatura.
Esa combinación no aparece en cualquier terreno. El lapislázuli se forma cuando una roca caliza —es decir, rica en carbonato cálcico, como la que forma buena parte de los acantilados o las cuevas— queda atrapada junto a una intrusión de magma y se ve sometida durante millones de años a calor y presión muy intensos, en un proceso llamado metamorfismo de contacto. Es una transformación mineral parecida a la que da lugar a otras piedras como la esmeralda, aunque con un elenco de elementos completamente distinto: aquí lo decisivo es la presencia de azufre, que es justo lo que tiñe la lazurita de ese azul tan característico.
El metamorfismo de contacto ocurre cuando una roca ya existente queda literalmente pegada a una bolsa de magma que sube desde el interior de la Tierra. No hace falta que la roca se funda: basta con el calor y la presión del magma cercano para que, a lo largo de miles o millones de años, sus minerales se reorganicen y aparezcan otros nuevos —como la lazurita— que no estaban presentes en la roca original.