Herramientas, navajas... y una espada que aterrorizó a los conquistadores
El filo se obtenía por talla, golpeando el núcleo con percutores de piedra o hueso para desprender lascas y navajas prismáticas.
Con esa técnica salían navajas y cuchillos tan afilados que se usaban a diario en tareas domésticas: cortar, raspar pieles, preparar alimentos. También raspadores especializados para trabajar el maguey en la extracción del pulque, y puntas de flecha y de lanza para la caza.
En el terreno bélico, la pieza estrella era el macuahuitl: un garrote de madera con hileras de navajas de obsidiana encajadas a los lados, el arma más icónica del arsenal mexica.
La obsidiana también tuvo un papel religioso muy directo, no solo simbólico: con ella se fabricaban los cuchillos de sacrificio y las navajas empleadas en el autosacrificio ritual, donde sacerdotes y gobernantes se punzaban para ofrecer su propia sangre a los dioses.
Y, pulida con paciencia, servía para adornos reservados a guerreros, sacerdotes y gobernantes: orejeras, collares, bezotes, cuentas y máscaras rituales, además de las famosas incrustaciones decorativas en joyas y esculturas.
Dato curioso: el macuahuitl no estaba pensado para atravesar como una espada de acero, sino para cortar y desgarrar; su diseño modular permitía sustituir las navajas de obsidiana rotas entre batalla y batalla, algo bastante avanzado para un arma sin metal.
Espejos humeantes: cuando la obsidiana miraba al mundo espiritual
Pulida hasta el brillo, la obsidiana se convertía en espejo. Estos ocuparon un lugar central en la cosmovisión mexica, asociados a Tezcatlipoca, "espejo humeante", una de las divinidades más importantes del panteón azteca.
Según los códices, sacerdotes y gobernantes los empleaban en rituales de adivinación y como símbolo de poder. Hoy se conservan apenas una docena y media de ejemplares precolombinos en museos de todo el mundo.
¿Sabías que…? Uno de esos espejos aztecas de obsidiana, hoy en el Museo Británico, perteneció al matemático y astrólogo isabelino John Dee, que lo usaba en Londres, en el siglo XVI, para sus propias sesiones de "adivinación" —un curioso puente entre el México prehispánico y la Inglaterra de la reina Isabel I.